La República Argentina es un país muy joven, su proceso de independencia del reino español se consolidó recién a partir del año 1810. Sin embargo, los rastros más antiguos de presencia humana se remontan al 11.000 a. C., y hasta la conquista española se desarrollaron a lo largo de su extensísimo territorio un gran número de culturas aborígenes que hasta hoy en día forman parte del crisol nacional: las culturas andinas; la culturas guaraníes provenientes de la Amazonia; las culturas del Gran Chaco y las de la Pampa y la Patagonia. Los rasgos definitorios de la música académica argentina se asentaron en los últimos años del siglo XIX. Fue entonces cuando se produjo el movimiento de artistas hacia Europa, para adquirir los estudios y la técnica que transmitirían a su regreso a las generaciones sucesivas. La necesidad de elaborar un lenguaje peculiar que los significara y los identificara estilísticamente dio paso al nacionalismo musical que fructificó en las primeras décadas del siglo XX, como corolario de la búsqueda identitaria de los pueblos que se habían escindido de los imperios europeos, tras tres siglos de fundirse la población indígena con la población negra y la europea. La preocupación por crear un arte propio, que encontrara sus raíces en la música prehispánica, en la canción popular, en el folclore, fue un fenómeno que atravesó toda Latinoamérica.

En Argentina, los compositores nacidos en la década de 1860 señalaron ese rumbo inaugural, como creadores y como maestros. Alberto Williams, nacido en 1862 fue el gran propulsor ideológico de este movimiento. Tras formarse en el conservatorio de París, donde publicó sus primeras obras, emprendió un viaje por el interior de la Argentina en busca de los cantos y danzas populares que incorporaría a su música. Para ese entonces, la formación general de los compositores se profesionalizaba a través de la técnica aprendida en Europa, en su fuente original o a través del estudio de las obras que llegaban desde allí, y se iniciaban los estudios del folclore que recogieron en forma sistemática las melodías populares.

Julián Aguirre, compositor contemporáneo de Williams, estimó “necesario y urgente, antes que la rápida evolución del país acabe de borrar nuestras huellas originales, reunir en colección todos los elementos de la antigua vida campestre, que se tornarán muy pronto legendarios: hábitos, estilo, poesía, música, algunos de un sabor incomparable.” Y, con mucha claridad, expresó: “La música popular ha sido en todo tiempo y en todo país la célula primitiva de donde ha nacido la obra de arte organizada.

Respecto de ese encuentro de culturas que alumbró la expresión artística que los convocaba, Alberto Williams manifestó:

Al volver a Buenos Aires después de esas excursiones por las estancias del sur de nuestra Pampa, concebí el propósito de dar a mis composiciones musicales, un sello que las diferenciara de la cultura clásica y romántica, en cuya rica fuente había bebido las enseñanzas sabias de mis gloriosos y venerados maestros. Mis cotidianas improvisaciones de ese tiempo, parecían envueltas en los repliegues de lejanas brumas y de amaneceres y de ocasos de las sabanas pampeanas, y remedaban ecos de misteriosas voces de las soledades. Y de esas improvisaciones surgió, en aquel mismo año de 1890, mi obra ‘El rancho abandonado’, que puede considerarse como la piedra fundamental del arte musical argentino. Así nació, pues, la composición más popular que he escrito, bajo el ala protectora de los payadores de Juárez, y bañada por la atmósfera de las pampeanas lejanías. Toda mi producción, desde entonces, esta animada por el soplo fecundador del folclore de la Pampa, y penetrada en su copa y en su raigambre, por el alma popular argentina. Esos son los orígenes del arte musical argentino; la técnica nos la dio Francia, y la inspiración, los payadores de Juárez.

Así fue inaugurada una senda artística que se ocupó de integrar el folclore como caudal espiritual, social y técnico de los pueblos originales de las distintas regiones, transmitido por la vía de la práctica y enriquecido por la influencia de los países limítrofes. Los compositores que transitaron este camino a lo largo del siglo XX crearon música alimentada por los frutos de las culturas aborígenes, expresándose en formas típicas, extremadamente coloridas y variadas, como la chacarera, la zamba, el huayno, la guajira, las vidalas, los carnavalitos, la copla, el gato, la baguala, la tonada, entre tantas otras.

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