LA LEYENDA Y EL NIÑO

Atahualpa Yupanqui

De todos los cuentos y leyendas que de niño escuché esta leyenda del Viento fue la inolvidable. Se metió en mis venas quemándome la sangre, sumándose a mi vida para siempre.

La narraban los únicos hombres capaces de contar cosas universales: la peonada de las viejas estancias, los estibadores que volaban sobre los tablones con su carga de trigo o de maíz, el paisanaje de las esquilas en esos octubres de nubes redondas como vellones dispersos por el cielo, los gauchos que cruzaban aquellas pampas abiertas, donde las leguas sólo podían ser vencidas por la espuela y el galope.

Los días de mi infancia transcurrían, como la de todos los changos, de asombro en asombro, de revelación en revelación. Nací en un medio rural, y crecí frente a un horizonte de balidos y relinchos. Los espectáculos que exaltaban mi entusiasmo no consistían en mecanos, rompecabezas, volantines o barriletes. Era un mundo de brillos y sonidos dulces y bárbaros a la vez. Pialadas, vuelcos, potros chúcaros, yerras, ijares sangrantes, espuelas crueles, risas abiertas, comentarios de duelos, carreras, domas, supersticiones, mil modos de entender las luces malas y las cosas del «destino escrito». En aquellos pagos del Pergamino nací, para sumarme a la parentela de los Chavero del lejano Loreto santiagueño, de Villa Mercedes de San Luis, de la ruinosa capilla serrana de Alta Gracia. Me galopaban en la sangre trescientos años de América, desde que don Diego Abad Martín Chavero llegó para abatir quebrachos y algarrobos y hacer puertas y columnas para iglesias y capillas, y de cuyos contratos quedan algunos papeles revisados por el Dr. Lizondo Borda y transcriptos en sus Documentos coloniales del Tucumán, obra publicada por la Universidad tucumana hace veinticinco años. Por el lado materno vengo de Regino Haram, de Guipúzcoa, quien se planta en medio de la pampa, levanta su casona, y acerca a su vida a los Guevara, a los Collazo, gentes «muy de antes», cobrizos, primitivos y tenaces, con mujeres que fumaban en pipas de yeso a la hora crepuscular, cerca de la amplísima cocina donde se refugiaban algunos corderos «guachos».

 

Todo ese mundo, paz y combate en mis venas entre indianos, vascos y gauchos, determinaban mis alegrías, mis sustos, acuciaban mi instinto de muchachito libre, me hacían crear un idioma para dialogar con los juncos de los arroyos. Cuántas veces evoco aquellos días de mi infancia, y me veo, con apenas seis años sobre mis chuncas, montado en un petiso doradillo, «en pelo», un «bocao de soga», y galopando entre los pastizales, sintiendo en las desnudas pantorrillas el lanzazo de los cardos azules, oyendo el alerta de los teros en los bajíos, atravesando una alameda que me hechizaba con sus extraños silbos en la tarde, llegando luego a mi casa con la bestia sudada y temblorosa de nervios y fatiga, para escuchar con una falsa actitud de arrepentimiento los reproches de mi madre, y sentirme premiado en mi «gauchismo» por la mirada seria y serena de mi padre, «tan paisano y tan sin vicios» como comentaban nuestros escasos vecinos.

Porque en mi casa paterna el tabaco y el alcohol eran desconocidos. Vivían mis mayores en una limpia pobreza, donde sólo brillaban los aperos y la decencia. Mi Tata era un humilde funcionario del ferrocarril, pero nada podía matar al gaucho nómade que había sido. Es así que siempre, en ocasión de los traslados que eran numerosos por razones de su labor, se mudaba con su familia y su tropilla. Jamás dejó de tener buena caballada, y era su placer quitarles el orgullo a los chúcaros jineteándolos con fiereza que asombraba. De ahí que nosotros, mi hermano y yo, gustáramos enhorquetarnos en un bagual al amanecer, momentos antes de partir hacia la escuela, y en un potrero, un alfalfar, nos teníamos escasos segundos sobre el chúcaro que nos hacía “mostrar el número de las alpargatas» al segundo corcovo. Y es así que solíamos llegar a nuestra clase escolar con un costado del guardapolvo teñido de verde y mojado por el rocío, amén de alguna magulladura nunca demasiado seria.

 

Así transcurren las horas de mi infancia, con infinitos, viajes de pocas leguas en una aventura en la que no faltaban ni el drama ni la pena, porque no todo era el libre galopar por esas pampas, o el aprendizaje de la «visteada» con puñales de mimbre, o leer la colección El Parnaso argentino en voz alta, o escuchar al Tata cuando adornaba las últimas horas de los domingos tañendo su guitarra y sumergiéndose, en un bosque de vidalas que le traían tantos recuerdos de su antiguo solar santiagueño. No. También la pena comenzó a anidar en mi corazón cuando vi a Genuario Bustos, un gaucho que mucho admiraba, muerto, con tres balazos: en la espalda. Lo balearon cuando montaba en su redomón. y sólo alcanzó a decir: «¡Así! no se mata a un hombre!» Y se fue deslizando, con el cabestro en la mano, hasta quedar inmóvil, mientras su sangre teñía los cascos del caballo. Aquello fue un impacto en mi sensibilidad, pues yo tenía otro sentido de la muerte en los hombres. Vi degollar cientos de reses, hasta bebía la sangre caliente de los novillos. Pero, pensaba que los hombres morían de otro modo, que la muerte no llegaba así, con tan desnuda violencia. ¡Genuario Bustos! He visto gauchos después. Había gauchos entonces. Pero para mí Bustos era un arquetipo del gaucho. Tenía el mismo temple y el mismo pudor de mi padre. Lo veo, llegando a mi casa, después de manear su caballo y mirarlo un rato; detenerse ante el portón e inclinarse, quitándose las espuelas y ocultando bajo su corralera el mango plateado de su daga, y luego llamar con suave golpe, en función de visita. Por hambre que tuviera, apenas probaba algo de la comida, y bebía agua, y su discurso era brevísimo, cordial y prudente. Y allá en su casa, en su rancho de puestero era ejemplo de trabajo en los corrales, en los arreos, en el cuidado de la familia. Hasta cuando algo gracioso le producía risa, se llevaba la mano a los bigotes como frenándose para no descomponer su eterna actitud de paisano entrado en razón. ¡Genuario Bustos! Ahora, a cerca de medio siglo de su partida de este mundo, lo recuerdo y le agradezco el poncho que me echaba encima en los atardeceres de agosto, el espectáculo de su caballo tan bien enseñado, su ejemplo de hombre cabal, y la voz grave y serena que muchas veces me narraba sucedidos de la Pampa que tanto conoció.

Allá cerca de la pequeñita estación ferroviaria, enclavada en el desierto, con apenas seis o siete casas y ranchos por vecindario, se levantaban los galpones donde se almacenaba el cereal que los gringos traían desde las colonias. Trigo, cebada, maíz … En tiempos de entrega, los canchones se poblaban de carros, bueyes y caballos de tiro. Entonces aparecían, como las gaviotas sobre los surcos, los estibadores, la peonada galponera, los hombreadores de bolsas.

Todos eran criollos, en su mayoría pampeanos. Bombachas «batarazas», chiripá, o una arpillera cruzada en las caderas. Luego, gruesas camisetas, un gran pañuelo a cuadros, el eterno y deformado ex sombrero, alpargatas blancas con bordados rojos o azules. Y aun en plena tarea de hombrear, estibar, acomodar, la charla apenas se, interrumpía. Miles de refranes, de intencionadas coplas. Cuentos de carreras, inundaciones, amoríos o duelos criollos que se hilvanaban en el ir y venir de los paisanos entre los tablones y las estibas. Algunos volaban con las bolsas sobre sus hombros para no perder el final de un cuento o una respuesta ingeniosa.

Sin participar en las charlas, controlaba el estado del cereal el enviado de las compañías agrícolas, el recibidor. Este personaje, «calador» en mano, enviaba su certera estocada a cada bolsa, y extraía un puñado de maíz, o de trigo, que luego observaba con mirada de entendido, durante toda la tarea.

Mi placer era subir por el resbaladizo tablón, por supuesto sin bolsa encima de mi hombro. Y más de una vez probé la dureza del suelo en esas travesuras.

Pero mi mundo alcanzaba su tono de maravilla cuando por la tarde se reunían los paisanos a la sombra del galpón, cansados pero contentos. Algunos tenían sus caballos en los potreros cercanos. Otros, «los de ajuera», se amontonaban por ahí nomás. Y era entonces cuando, con las últimas luces de la tarde, comenzaban los cuentos más serios. Y allí también, mientras a lo largo de los campos se extendía la sombra del crepúsculo, las guitarras de la pampa comenzaban su antigua brujería, tejiendo una red de emociones y recuerdos con asuntos inolvidables. Eran estilos de serenos compases, de un claro y nostálgico discurso, en el que cabían todas las palabras que inspirara la llanura infinita, su trebolar, su monte, el solitario ombú, el galope de los potros, las cosas del amor ausente. Eran milongas pausadas, en el tono de do mayor o mi menor, modos utilizados por los paisanos para decir las cosas objetivas, para narrar con tono lírico los sucesos de la pampa. El canto era la única voz en la penumbra.

Aquellos rústicos estibadores, aquellos carreros que horas antes eran puro refranes y chanzas, estaban transitando otros caminos. Cada cual iniciaba un viaje a su recuerdo, a su amor, a su pena, a su esperanza. La vida me enseñó después que muy pocos públicos serían capaces de superar en atención y calidad de alma a esos seres crecidos en la soledad pampeana.

Apretado junto a ellos, mirando sus grandes manos, sus rostros curtidos, mi corazón no viajaba. Allí estaba, frente al cantor, bebiendo sin entender mucho, las cosas que decía. Me sentía totalmente ganado por la guitarra. Este instrumento se hizo presente en mi vida desde las primeras horas de mi nacimiento. Con guitarra alcanzaba el sueño. Con una vidala, o una cifra que entretenían mi padre y mis tíos. Pero ese fogón breve de los estibadores, ese canto tan serio, tenía una magia especial. Ellos me ofrecían un mundo recóndito, milagroso, extraño. Yo no los miraba ya como heroicos proletarios de la pampa. Me olvidaba que ratos antes se llamaban Alcaraz, Montenegro, Leiva, Páez … Eran, por obra de la música, como príncipes de un continente en el que sólo yo penetraba como invitado o como descubridor. Eran seres superiores. ¡Sabían cantar!

Así, en infinitas tardes, fui penetrando en el canto de la llanura, gracias a esos paisanos. Ellos fueron mis maestros. Ellos, y luego multitud de paisanos que la vida me fue. arrimando con el tiempo. Cada cual tenía «su» estilo. Cada cual expresaba, tocando o cantando, los asuntos que la pampa le dictaba. Y la llanura posee una inacabable sabiduría. Eso lo sabían muy bien esos gauchos de aquel tiempo. Nada inventaban. Sólo transmitían. No eran creadores. Eran depositarios y mensajeros del canto de la llanura, misterioso, heroico, melancólico, gracioso o apenado, según el tema.

Es que esos hombres hablan penetrado en la leyenda del Canto del Viento. Ellos habían trajinado los caminos sobre los que el viento había dejado caer las hilachitas de muchas melodías, de cantos de coplas, de misterios. Y en las tardes, luego del trabajo, le devolvían al Viento los cantares perdidos, y aun le entregaban otros, nuevos y viejos. Y yo, muchachito libre, niño de campo abierto, chango arropado de silencios tímidos, era testigo de ese ritual sagrado: El hombre, carne de pueblo, levantando de los pastos un canto. abrigándolo con su amor y su sueño, lavándolo con su esperanza, y usando como un arco la guitarra, lo devuelve al viento para que lo lleve lejos, en su vuelo infinito y misterioso. Sin yo saberlo, en ese instante hechizado de la recuperación del canto, se estaba delineando en mi corazón el rumbo cabal de mi Destino.

Cuando el largo silbido inconfundible de mi padre ordenábame el retorno a la casa, yo abandonaba la rueda de paisanos, cruzaba lentamente las muertas vías que brillaban bajo la luna nueva, y al entrar a mi cuarto me tendía sobre mi pequeño catre de tientos, sintiendo que el corazón me dolía de tantas emociones.

Texto extraído de El canto del viento,
Atahualpa Yupanqui, Argentina, 1965.

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